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Yerba pa’ los burros, o ¿Cómo estafar con estilo? (III y final).

October 20, 2009 Carlos Luis Pujol Comments Off

 Nuestro héroe acordó una cita con el representante de la compañía de seguridad: “¿Está seguro que desea este camino?”, le preguntaron con seriedad desde el otro lado del teléfono. “Bueno, supongo que sí”, respondió Angel. “Supone? Eso no es serio. Debería llamarnos sólo si de verdad desea iniciar una carrera como guardia de seguridad”. Angel le tomó por sorpresa esta actitud: “Sí, claro que sí”, mintió –al menos sería un trabajo, al parecer seguro. Fijaron el día y la hora.

No era un sitio elegante, pero estaba en Manhattan. “¿No estás certificado como guardia de seguridad?”, le preguntó el entrevistador. “No”, respondió. “Entonces tienes que tomar nuestros cursos, y después te ubicaremos: si empiezas mañana, terminas este fin de semana, y el lunes estarás trabajando”. “¿Así no más?”, preguntó excitado Angel. “Así no más; este es el paquete básico; de hecho está en oferta especial”.

Eso de oferta especial lo tomó por sorpresa: no tenía en planes un gasto que, desempleado, podía significar la diferencia entre poder pagar la renta un mes, o estar en la calle. “Son sólo 395 dólares por tres cursos, y lo vas a recuperar así”, dijo el entrevistador, con un chasquido de dedos. “Permítame leer el contrato”, pidió Angel.

El contrato estaba escrito en el lenguaje oscuro de todo papeleo legal, pero era impecable. Podía sentirse el esfuerzo del redactor para librar a la compañía de futuros males y responsabilidades; sobre todo la última frase era una joya del doble sentido: “El usuario es responsable de mantener el empleo que la asistencia de la compañía le haya conseguido”. El verbo to keep, que lo mismo puede ser usado como mantener que obtener, era confuso. “Pero aquí dice que ustedes no se hacen responsables de que el usuario obtenga un empleo luego de los cursos”; el entrevistador se removió incómodo en el asiento: “No, eso significa que después del curso, el usuario es responsable de conservar el empleo que la compañía le conseguirá”. Angel, con el contrato en la mano, se sintió de repente un jugador de póker, tratando de adivinar el bluff de su contrario. Y con el dolor de su alma, decidió abandonar sus cartas: en ningún papeleo debiera estar escrito algo tan elemental.

Epílogo (o el preludio de un final inconcluso)

De regreso a la casa, tan desempleado como siempre, revisó su email y encontró decenas de mensajes, todos ofertas de trabajo.

Divertido, categorizó las ofertas: las conocidas multinivel; las socialmente comprometidas (usualmente una hija de un presidente africano depuesto por un general golpista, que te escribe porque no tiene más opciones y clama ayuda internacional); las de contaduría internacional (una compañía que quiere introducirse en el mercado nacional, y busca alguna manera legal para recibir el dinero de sus clientes, girados en cheques y de los cuales recibirás el diez por ciento de cada transacción. Ojo, los cheques no tendrán fondos y serás responsable del dinero que extraigas del banco); los trabajos en casa (llenar datos online; elaboradas estafas que te harán perder dinero y se parecen a la siguiente categoría); las burdas, las que te envían un enlace y allí, como estas “aplicando”, solicitan descaradamente datos confidenciales como el social security. Y por último, el clásico spam, mucho spam.

Angel cerró la computadora, hastiado. Todavía hoy busca empleo. 

Carlos Luis Pujol

Yerba pa’ los burros, o Cómo estafar con estilo (II)

September 29, 2009 Carlos Luis Pujol Comments Off

Angel salió de la reunión con la “reputada compañía internacional” lamentando el tiempo perdido, pero decidido a aprovechar el día, calculó cuanto le tomaría llegar a la otra compania, la que buscaba un manager para una nueva filial. Supuso que le daba tiempo, y salió disparado.

Al llegar, respiró tranquilo; aquello inspiraba más respeto: un edificio de oficinas comerciales, en las cuales la compañía ocupaba un piso entero. Securities cuidando la entrada, aunque relajados, pues la noticia de reclutamiento se habia esparcido y dejaban entrar a los numerosos aspirantes a manager.

Como llegó muy tarde se unió a los ¡cientos! de personas que inundaba la amplia sala de recepción, pero no hubo de esperar mucho, porque de repente un señor muy trajeado los invitó con sonrisa de campeonato a pasar a la sala de conferencia. A Angel se le heló el corazón: no podía ser posible, no en el mismo día. ¿Sala de conferencia? ¿No entrevistas personales?

Decidio unirse a la comparsa, sólo para no autotildarse de pesimista. Pero no estaba del todo equivocado: la compañía no vendía productos naturales, sino seguros de todo tipo. Y el mismo modus operandi: una proyección de un documental acerca de la “misión” de la compañía, asegurarle la vida y las propiedades hasta al gato del vecino. A continuación, varias personas con dominio de escenario y un discurso positivista hablaron de la magnífica oportunidad que se les estaba brindando, y la gran vida que se darían siendo sus propios jefes. A Angel le sobró la explicación del funcionamiento de la compañía, la engañifa de la estructura multinivel: Vendes seguros, reclutas a tus propios clientes, y estos continúan con el ciclo; mientras más reclutas tengas (la característica principal), más dinero ganarás por la comisión, algo que si se llevara hasta las últimas consecuencias, sería un monstruoso esquema piramidal. Sólo los egipcios sabían de  pirámides: Madoff lo intentó, y miren lo que le pasó.

Pero Angel estaba confundido: había algo que no encajaba, un detalle que constrastaba con la anterior reunión en Queens… cuando la idea afloró, levantó la mano interrumpiendo el discurso del “conferencista”. Este le dio la palabra, sonriente, pero Angel le borró la sonrisa del rostro: “¿Su compañía es dueña del edificio, o al menos de este piso?”. La respuesta, un vacilante “No… la rentamos”. “Pero la rentaron sólo por hoy, no es cierto?”. La otra persona, sin palabras, se demoró demasiado en responder, el tiempo que Angel le bastó para llegar a la puerta de salida.

Si no vas hasta la montana, la montaña vendrá a ti…

Al llegar a la casa, decepcionado, nuestro héroe se devanaba la cabeza pesando en que hacer. ¿Tal vez bajar los estándares? Las buenas compañías no se anuncian así como así. Despues de un rato cavilando, decidió colgar en craigslist.com su resume, esperanzado que cayera ante los ojos adecuados. Mientras tanto, buscaría cualquier cosa que le permitiera pagar la renta. Así que comenzó a vagar por la sección de empleos de varios sitios web, huyéndole a los anuncios sospechosos, hasta que llegó a la de una compañía de seguridad, quien pedía a gritos securities certificados, y si no estaban certificados, ellas proveerían el entrenamiento. Angel pensó que no podía haber estafa en algo tan simple. (continuará…)

Carlos Luis Pujol

 

Yerba pa’ los burros, o Cómo estafar con estilo (I).

September 24, 2009 Carlos Luis Pujol Comments Off

A nuestro amigo Ángel le ha tocado un poquito de la crisis, y se ha quedado sin trabajo. Con su optimismo habitual, inició con energía la búsqueda de un nuevo empleo, pero esta vez “algo que valiera la pena”. Navegó por internet, colgó en craigslist.com un vistoso currículum, y escribió los datos de dos anuncios que le llamaron la atención: “Se busca representante de ventas de reputada compañía internacional, bilingual. 50$ la hora. Entrenamos al adecuado”. El otro: “Se busca manager para filial de companía en expansión. Se proveerá entrenamiento al que reúna las mejores condiciones”.

Por primera vez en su vida de traje y corbata, Ángel fue a la entrevista de la “reputada compañía internacional”, y lo primero que le resultó chocante fue el lugar donde se suponía que se realizara la entrevista: en vez de una instalación vistosa, una tienda de chinos en medio de lo peor de Queens. Había una pequeña multitud, algunos de traje y corbata como él, otros vestidos de manera informal, la mayoría. Dos elegantes mujeres tomaban los datos de los asistentes. Ángel, tras un momento de duda, decidió quedarse, ahora intrigado por los métodos populistas de la “reputada compañía internacional”.

Pasaron a un saloncito, el cual estaba habilitado como sala de proyección. Una de las mujeres que había estado tomando los datos se presenta con dominio de escenario, y anuncia la proyección de un documental, donde conocerán el origen de la compañía y los productos que comercializa.

El giro de la “reputada compañía internacional” eran los productos dietéticos naturales basados en clorofila, la sangre verde, es decir, árboles, plantas y cuanto vegetal nazca de la tierra; el documental, con estilo, lo hubiera difrutado en otro momento, sino fuera por la pérdida de tiempo. En ese momento, ya Angel sospechaba que los métodos se basaban en una estructura multinivel, organización piramidal en el cual cada vendedor debía armarse de una tropa de vendedores igual que él, y del cual un predeterminado por ciento de sus ventas iban a sus bolsillos, y de los que estaban arriba de él… si vendían algo; pero como todavía nadie había hablado decidió esperar. No fue mucho.

A continuación del documental, las mujeres se turnaron para hablar de la misión de la compañía, y para demostrar el punto, presentaron a varios “radiantes” ex-clientes que relataron “magníficas” experiencias con los “excelentes” productos; pero lo mejor era que no eran tan ex, seguían consumiendo los productos a la vez que lo vendían: dicho de otra manera, predicaban con el ejemplo.

El punto álgido del mítin fue la charla acerca de la independencia económica, la posibilidad de ser uno su propio jefe, y las ganancias fabulosas que aguardaban ahí-ahí a los que se esforzaban por el camino por ellos descubierto. Como ya suponía, la estructura se basaba en una pirámide de vendedores independientes, que compraban ellos mismos el producto (para predicar con el ejemplo, un caro ejemplo), y a la vez que corrían la voz, como predicadores callejeros, del nuevo Maná. Nada de 50$ la hora. Eso fue suficiente para Angel, que se levantó y se fue. En el camino hacia la puerta, veía los rostros de asombro y codicia de muchos que se creyeron el cuento. No pudo dejar de pensar que el producto de la compañía era yerba pa’ los burros. (continuará…)

Carlos Luis Pujol
carloslusipujol@gmail.com

Ni Sosa ni Fukuyama, o cómo escoger un bando

September 16, 2009 Carlos Luis Pujol Comments Off

La neoizquierda latinoamericana ha puesto el grito en el cielo con la alianza militar USA-Colombia. Se habían acostumbrado a la falta de interés del imperio, perdido lejos en su lucha contra el terrorismo, cuestión en la que llevan más de una década, al parecer en una guerra sin cuartel con el mundo árabe comprometido con Al Qaeda y otros engendros, leáse en pugna por los combustibles fósiles con potencias emergentes (China, India…), bombas de succión del petróleo que no “debía” haberse desviado en su camino a América.

Han puesto otra vez las botas en el Sur, y como siempre es para combatir el narcotráfico, pero la cercanía a Venezuela, otro pozo mundial, hace sospechar al más escéptico. Y para rematar, ese rebrote izquierdista… Como quiera, el capitalismo y el comunismo son agua y aceite, y nunca ninguno de los lados han negado esta confrontación.

Latinoamérica tiene guardada una larga lista de quejas contra su vecino del Norte, y han encontrado en el lado opuesto un refugio, lo que empeora el ambiente, tanto en el plano de las relaciones internacionales como en el de sus propios ciudadanos.

Para colmo, la neoizquierda en el poder ha encontrado entresijos democráticos para eternizarse, y cuenta además con un recetario para aplicar, todas llegadas de la isla decana en ejercer la férrea ejecución del stalinismo –con retoques castristas-. El de más éxito en la aplicación de estas fórmulas ha sido Chávez, quien con su poder económico ha logrado la reforma de la constitución, la reelección ilimitada, la focalización de un enemigo externo al cual echarle la culpa de todo, alianzas militares contrarias al enemigo externo, supresión paulatina de la libertad de expresión, populismo y el subsiguiente culto a su personalidad, y todo lo que queda por venir, pues el recetario es largo.

Otros por el área han logrado algo, pero el alcance es corto, pues como evitan romper con el modelo democrático de manera abierta, hacen falta recursos con los cuales implementar cambios a largo plazo sin descuidar la imagen de benefactores del pueblo y mantener viva la llama. Morales y Correa lograron reformar la constitución, para adaptarla a sus aspiraciones de poder. Zelaya intentó lo mismo, y fue sacado a patadas del país. Oscar Arias lo intenta, pero hay voces que se levantan en contra.

Pero, hay que decirlo, el paso más original –después de la utilización de los mismos procesos democráticos para torcer constituciones– lo ha dado Correa: la institución de los Comités de Defensa de la Revolución, un engendro que Castro implantó en 1961 con las mismas premisas de proteger la Revolución de los enemigos externos.

En realidad es el comienzo de la supresión de todos los derechos individuales, la obligación de fidelidad ciega al gobernante, la implantación de una policía civil por cada bloque de la nación, que no cobra salario, y por tanto más peligrosa por el fanatismo de sus elegidos y la posibilidad de ejercer la autoridad sobre sus semejantes, es el fin de la persona como individuo y su forzosa integración a la colmena: es la concentración del poder en un dedo índice, muchas veces anónimo.

Quién dijo que todo está perdido, quién ha dicho que ha llegado el fin de la historia. Si apenas comienza. Pero para formar parte de ella, no hacen falta estos bandos.

Carlos Luis Pujol
carlosluispujol@gmail.com

Alien Feelings: sobre District 9

September 9, 2009 Carlos Luis Pujol Comments Off

El primerizo director sudafricano Neill Blomkamp, de la mano de Peter Jackson en la producción nos trae una historia de ciencia ficción (en clave documental) donde nos condensa un retrato del ser humano en todo su esplendor y miseria, y podemos asegurar que lo último es lo que más brilla. Nada de manitos tomadas, buenos sentimientos, fechas históricas ni bicicletas con la luna llena de fondo: es fascismo puro y duro. Sólo recordar los hechos de la Historia para comprobar de lo que somos capaces.

Sobre Johannesburgo, Sudáfrica, hace dos años flota una gigantesca nave extraterrestre. Después de las prevenciones de rigor se pudo entrar en la nave, para descubir cerca de un millón de alienígenas en hambruna que huían de su sistema moribundo.

Todo nuestro planeta se movilizó para ayudar a estos seres pero al pasar el tiempo el entusiasmo por ellos desapareció –¿De qué se acuerdan más: de las manifestaciones en Irán, o de la muerte de Michael Jackson?– Se les relegó al olvido y a una sección de tierra en la capital sudafricana, el llamado Distrito 9, ghetto arrasado más parecido al basurero de la ciudad, donde sobreviven como animales y nos recuerdan a los más pobres de nuestros congéneres que viven de lo que nosotros desechamos.

Aquí comienza la historia, cuando se encomienda a una agencia gubernamental alejar a los indeseables extraterrestres de la ciudad, aparentemente cediendo al reclamo popular, en realidad por interés de una multinacional deseosa del control sobre la tecnología alienígena. Para lograrlo no se detienen ante los actos más brutales.

Para otorgar un tinte de realidad el director incorpora una cámara temblequeante, entrevistas, noticias de cadenas televisivas y paisajes y ambientes nada gratos a la vista.

También nos hace un guiño con su nacionalidad y el lugar de donde transcurren los acontecimientos, Sudáfrica, un país marcado con la cruz del apartheid, algo curiosamente similar a los que nos está exponiendo –y alejándonos por primera vez del escenario estadounidense, el único lugar donde parece que se posan los extraterrestres cuando se dignan de visitar la tierra. Nos muestra el poder de la autoridad, la hipócrita sonrisa del protagonista, y el instinto de supervivencia de los aliens (“Se cortés, no los irrites”), algo que los nacidos bajo una dictadura saben hacer desde la cuna.

También hay que decirlo: es una película comercial, hay para todo el mundo. Incluso en esta circunstancia se nota el cinismo de la historia, pues nada sobrevive en este mundo si no se masifica el contenido.

Hay acción y sangre, a borbotones. Hay humor, del negro. Hay amor, del irrecuperable. Hay efectos especiales, claro, de la mano del maestro Peter Jackson no se puede esperar otra cosa. Pero también recordamos a “El pianista”, y a “La lista de Schindler”. Con pesar no viene a la mente “E.T”, ni “Enemigo mío”.

Auguramos éxito comercial, de crítica –y hasta una segunda parte. Quién sabe, a lo mejor será otro hit del cine sudafricano, como “Tsosi”. Ojalá suceda, así la alfombra roja servirá de algo, el mensaje llegará a más personas,y los Oscars menos banales.

Carlos Luis Pujol
carlosluispujol@gmail.com

Mascarada latina

September 2, 2009 Carlos Luis Pujol Comments Off

Un frío mediodía de Octubre en Montreal. En el break se sientan en la misma mesa el Uruguay, el México y el Cuba, quien es el jefe. En otra mesa está el otro Cuba, cejas fruncidas sobre el lunch, solitario como de costumbre.

“Qué hacés, palestino, vení, che, ¡vení!”, dice Cuba jefe a su compatriota, con acento fingido y gesticulando;  Uruguay sonríe, y sorbe un poco de mate. Reticente, el solitario camina en dirección al grupo. “Y ahorita usted porque se ríe, pinche güey?”, dice el jefe al Uruguay en mexicano: “A que ese mate es argentino, el mejor” –reta. Ahora es al México quien le toca sonreír, mientras Uruguay asiente: “Es cierto, el mate argentino es mejor, y antes de vos decirlo, en Uruguay tampoco se sabe jugar al fútbol”. Al Cuba eso lo sorprende, raro orgullo patrio el del Uruguay.

El Cuba solitario se ha sentado, pero no cambia la expresión. Ya están acostumbrados a su carácter huraño pero inofensivo, y lo dejan en paz; no el jefe: “¿Qué le sucede, palestino? ¿Tenés gorrión?”

El golpe en la mesa los sorprende: “¿Cómo lo supo?”, pregunta furioso el recién llegado al jefe. “¿El qué?”, pregunta a su vez éste, en su acento.  “El que no soy cubano”.

La confesión surte más efecto que el golpe en la mesa, y después de un silencio prolongado, el jefe dice: “Yo no sabía eso”. El falso cubano abre los ojos: “¿Y por qué me llama palestino, pues?”. “Le decimos palestinos a los que viven en la zona oriental, y como decías que eras santiaguero…”.

Silencio.

“Soy dominicano”, dice al fin, en tono de quien se rinde y hace confesión, “una novia cubana, santiaguera, me decía que hablábamos como ellos, y me contaba muchísimas cosas de su ciudad. De ahí nació la idea: leí un montón de libros, y cuando conseguí un contacto compré un pasaporte cubano. Luego fui a Cuba, donde estuve un día, y desde ahí a México, donde pasé sin problemas las preguntas que me hicieron en la frontera de El Paso. Pero Estados Unidos no me gustó, está lleno de cubanos…” –sonríe– “así que cuando pude me vine al Canadá, legal…”

Termina el dominicano y sigue comiendo su lunch, tranquilo, como quien tiene algo menos de lo cual preocuparse. El México le palmea la espalda: “Yo no soy mexicano, güey, soy guatemalteco”. El Uruguay se atraganta de la risa. “Viví en México un tiempo, y cuando pude me conseguí un pasaporte mexicano, y gracias al TLC, me subí a un avión y aquí estoy”. Uruguay no ha podido dejar de toser: “¿Qué es lo gracioso, che?” –le pregunta Cuba, agrio. “ Es que cho tampoco soy uruguacho, trompa, soy argentino”. “Ajáaa!” –exclama Cuba– “Lo sabía!”. “Cuando la crisis bancaria en Argentina y Uruguay a mediados de los 90” –continúa Argentina– “existió un acuerdo migratorio entre Estados Unidos y Uruguay, y todo el que pudo pagarse un pasaje, y en mi caso un pasaporte además, pues emigró”.

Ahora todos miran al jefe, quien ataca afanoso su lunch: ya no quiere escuchar más nada. “¿Y usted, patrón? ¿Es cubano?” –pregunta Guatemala. “Sí”, responde, “pero como si no lo fuera”; mira el reloj, se levanta y dice la frase del día: “Vamos, a trabajar, estamos perdiendo el tiempo aquí hablando boberías”.

Carlos Luis Pujol
carlosluispujol@gmail.com