Yerba pa’ los burros, o ¿Cómo estafar con estilo? (III y final).
Nuestro héroe acordó una cita con el representante de la compañía de seguridad: “¿Está seguro que desea este camino?”, le preguntaron con seriedad desde el otro lado del teléfono. “Bueno, supongo que sí”, respondió Angel. “Supone? Eso no es serio. Debería llamarnos sólo si de verdad desea iniciar una carrera como guardia de seguridad”. Angel le tomó por sorpresa esta actitud: “Sí, claro que sí”, mintió –al menos sería un trabajo, al parecer seguro. Fijaron el día y la hora.
No era un sitio elegante, pero estaba en Manhattan. “¿No estás certificado como guardia de seguridad?”, le preguntó el entrevistador. “No”, respondió. “Entonces tienes que tomar nuestros cursos, y después te ubicaremos: si empiezas mañana, terminas este fin de semana, y el lunes estarás trabajando”. “¿Así no más?”, preguntó excitado Angel. “Así no más; este es el paquete básico; de hecho está en oferta especial”.
Eso de oferta especial lo tomó por sorpresa: no tenía en planes un gasto que, desempleado, podía significar la diferencia entre poder pagar la renta un mes, o estar en la calle. “Son sólo 395 dólares por tres cursos, y lo vas a recuperar así”, dijo el entrevistador, con un chasquido de dedos. “Permítame leer el contrato”, pidió Angel.
El contrato estaba escrito en el lenguaje oscuro de todo papeleo legal, pero era impecable. Podía sentirse el esfuerzo del redactor para librar a la compañía de futuros males y responsabilidades; sobre todo la última frase era una joya del doble sentido: “El usuario es responsable de mantener el empleo que la asistencia de la compañía le haya conseguido”. El verbo to keep, que lo mismo puede ser usado como mantener que obtener, era confuso. “Pero aquí dice que ustedes no se hacen responsables de que el usuario obtenga un empleo luego de los cursos”; el entrevistador se removió incómodo en el asiento: “No, eso significa que después del curso, el usuario es responsable de conservar el empleo que la compañía le conseguirá”. Angel, con el contrato en la mano, se sintió de repente un jugador de póker, tratando de adivinar el bluff de su contrario. Y con el dolor de su alma, decidió abandonar sus cartas: en ningún papeleo debiera estar escrito algo tan elemental.
Epílogo (o el preludio de un final inconcluso)
De regreso a la casa, tan desempleado como siempre, revisó su email y encontró decenas de mensajes, todos ofertas de trabajo.
Divertido, categorizó las ofertas: las conocidas multinivel; las socialmente comprometidas (usualmente una hija de un presidente africano depuesto por un general golpista, que te escribe porque no tiene más opciones y clama ayuda internacional); las de contaduría internacional (una compañía que quiere introducirse en el mercado nacional, y busca alguna manera legal para recibir el dinero de sus clientes, girados en cheques y de los cuales recibirás el diez por ciento de cada transacción. Ojo, los cheques no tendrán fondos y serás responsable del dinero que extraigas del banco); los trabajos en casa (llenar datos online; elaboradas estafas que te harán perder dinero y se parecen a la siguiente categoría); las burdas, las que te envían un enlace y allí, como estas “aplicando”, solicitan descaradamente datos confidenciales como el social security. Y por último, el clásico spam, mucho spam.
Angel cerró la computadora, hastiado. Todavía hoy busca empleo.
Carlos Luis Pujol

Recent Comments